Los cambios en el uso del suelo (cambios en los tipos de cultivo, deforestación, reforestación, desarrollo, obras públicas, etc.) suelen implicar una fragmentación cada vez mayor del paisaje. A medida que un determinado tipo de uso del suelo se generaliza, las unidades en regresión adoptan la forma de fragmentos cada vez más pequeños, inconexos y permeables a la agresión de los entornos periféricos. En este contexto, las poblaciones de organismos que ocupan estos fragmentos tienden a disminuir en número. Esto, unido al deterioro general de los fragmentos y a la reducción de los recursos necesarios para mantenerlos, puede llevar a su extinción. Además, si las especies implicadas tienen una capacidad de dispersión limitada, las posibilidades de que esos fragmentos desiertos sean recolonizados se reducen considerablemente. Así, las comunidades de organismos se empobrecen progresivamente. Esta pérdida puede ser irreversible si conlleva la desaparición de aquellos sectores que actúan como fuente de individuos para las especies ligadas a los hábitats en regresión. Por ello, cualquier estrategia de conservación de la diversidad de especies en ambientes fragmentados debe establecer necesariamente planes de gestión que garanticen, a una escala geográfica adecuada, la protección de las rutas de recolonización de las especies afectadas. Las infraestructuras de transporte siempre han desempeñado un papel importante en los procesos de fragmentación. Tradicionalmente, han sido las vías por las que han avanzado los cambios en el uso del suelo. Son estos cambios los responsables últimos de la atomización de los hábitats. En otras ocasiones son meras vías de comunicación que, sin embargo, cortan hábitats eliminando su conectividad y provocando interferencias directas entre las poblaciones de organismos que allí se encuentran. En consecuencia, hay que tener mucho cuidado a la hora de planificar sus trazados y las mejoras destinadas a reducir su impacto.
Palabras clave: Fragmentación de hábitat, Autopista, Ferrocarril